Pequeños pasos

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Hay cosas sencillas que se sienten en el corazón como grandes logros. Y no me refiero al salario, el trabajo, los “éxitos”, el prestigio, la imagen que proyectamos y blablablá. Me permito hablar de algo que muy posiblemente pasaría como un simple hecho anecdótico, incluso soso. Pero no: simples pasos de un humano que a veces pueden significar el mundo y más para la humanidad. En esta oportunidad no hablaré del viaje a la luna sino de sencillos movimientos míos que volvieron mi pequeño universo un poco más especial.

En el piso #16 de un edificio color plateado, cercano a Times Square, se encontraba Meco un poco perdido, buscando. El solo hecho de llegar fue respirado como un logro, luego de haber caminado por las calles de la ciudad que nunca duerme. La temerosa meta era encontrar un taller de salsa, EL taller. Mientras tanto la calle, las luces de las pantallas gigantes fungían del sol ya desaparecido luego del atardecer y desde afuera el edificio parecía uno más en medio del mar de bestias urbanas. El sonido exterior me acompañó hasta las alturas del edificio, en donde hallé a un pequeño estudio de danza que se refugiaba escondido del tráfico urbano. Piso #16, ventanas grandes con vista a otros rascacielos, sonido de las sirenas de la policía y los carros. Desde ese salón, Meco, quien ya llevaba un tiempito mejorando pasitos de baile, se sumó a un grupo de desconocidos. Y esta vez, fue parte de una rueda de sonrisas, salsa y alegría. Meco, Meco: desde que viniste a este país pensaste en aquellas películas en las que el baile te llevaba por universos paralelos y transformaba temores en funciones y sentires que desconocías de ti mismo. Esas imágenes distantes, aquellos personajes extraños y cuasi míticos ya no lo eran más; ahora también podías sumarte, mezclarte en esa magia que recorría el salón al ritmo rampante de la música. Luego de un gran abrazo comunitario, todos sabíamos de nuestro regresar al mar de luces y gentes, luego de tener que bajar por el ascensor hasta el piso #1. Pero algo queda en el corazón de Meco; el sentir de una pequeña fantasía adolescente que deja de ser un suspiro para evolucionar en satisfacción. La luna brilla fuerte en el cielo de la ciudad de Nueva York.

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Serás un genio, Meco

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A los quince años Isabela y yo tomábamos un té calientito en la cocina de su casa. Ella, flaquita, con mirada hundida me hablaba. Aún con la alegría de la adolescencia, le intentaba contar de mis sueños literarios.

  • Meco, Meco. ¿Pero por qué no? Si quieres estudiar literatura, hazlo.

Nos reíamos y caminábamos por el parque.
Nos reíamos y tomábamos tácito.
Nos reíamos y me permitía acomodarle el cerquillo de su cabello. Hasta ahí no más.

Pero si había algo que le desesperaba a Isabela era mi falta de conciencia para cruzar las calles.

  • Meco, mira. Nunca miras, y es peligroso. En las veredas te tropiezas solito.

 

Con una sonrisa, el ambiente se calmaba.

  • A ver. Dicen que los genios son medios tontos.
  • ¿Qué cosa, Isa?
  • Sí, sí. O sea, que los genios son genios en sus cosas, pero en otras son torpes.
  • ¿Entonces?
  • Serás un genio, Meco.
  • ¿Seré?
  • O tal vez ya lo eres, pero no lo sabemos. Por ahora hay que asegurarnos que sobrevivas de tus tropiezos.

Me sonrió, y se fue corriendo hasta de una de las bancas del parque.

A la vuelta, genio o no, igual no dejábamos de agarrarnos del brazo al cruzar las calles.

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Nostalgia

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Los intelectuales se habían reunido en una casona de New Jersey. El trago y el humo hicieron que en la dueña de casa, Camila, despertaran unas imparables ganas de proclamar antiguas vivas a la revolución. Aquellas frases y canciones todavía sobrevivían en la zona occipital de su cerebro. Lejanos y gloriosos [sic] tiempos universitarios, plantones, marchas y federaciones estudiantes de pronto aparecían y se contradecían con el presente. “Pero me ganó el conformismo burgués; y nunca volví al Perú”, concluyó Camila. Todos abrazados, todos ex idealistas, lloraron. Al día siguiente, ya menos culposos e indignados, dejaron que la cotidianidad los devuelva a sus universidades de Nueva York, Indiana y Boston.

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El embajador de Detroit

Desde Miami tomé un avión a Michigan. Llevaba en mis manos un abrigo grande que en Florida no hacía más que generarme peso pero que, claro, sería útil para el viaje. No soy ordenado y no suelo planificar mi viaje al milímetro. Más bien, confío un tanto-bastante en mi celular para estos trajines. Empezaré por admitir que me olvidé de imprimir mi boleto de avión, mi aerolínea me dejaba escanear mi celular a la hora embarcarme y con eso obviaba el boleto. Igualmente, desde el teléfono vi en Google Maps que podía tomar un bus hacia el centro de la ciudad, Detroit: a una hora exacta, la línea exacta. Todo exacto, pero claro, no por mí, sino por el sistema celular.

Una vez en Detroit ocurrió que tanta exactitud me llevó a perderme y tomar un bus equivocado. Luego hallé el correcto. Bueno, es que mal tampoco iba; seguía mirando el mapita de Google en el teléfono y al menos veía que era la dirección correcta a la ciudad.

El camino del aeropuerto a la ciudad es muy desolador: casas abandonadas, algunas inclusive quemadas. Si alguna vez pensé que las pistas de Estados Unidos eran superiores a las de Latinoamérica, pues en Detroit tuve que tragarme esas palabras.

“Es por la crisis”, me decía un mendigo en el bus. “Todo esto se fregó con la crisis y lo puedes ver en nuestro ánimo”. El bus seguía avanzando y encontraba más y más pintas, basura por las calles y un clima desolado. Pero a pesar de eso, algo de todo esto me resultaba un tanto familiar.

Detroit es una ciudad decadente, pensaba. Y en cierto modo, me gusta lo decadente. Me gusta imaginar que de las alcantarillas salga humo, me gusta que no todo sea ‘colorido’, y que en medio de la oscuridad pueda existir vida. Todavía no llegaba a la ciudad, y ya atardecía.

El mendigo era un afroamericano con una cinta roja en la cabeza y una casaca de cuero marrón. Pobre, pero no por ello sin actitud. Ah, sí, tenía unos lentes verdes también, es que era la víspera del día de San Patricio, y por estos lares todos se ponen verdes para beber. No recuerdo su nombre, me lo dijo. Me miró y me invitó a que le dé los cinco. Así que ante tanta amabilidad en medio de un clima sombrío no era posible no devolverle el saludo.

Yo estaba con mi abrigo, ahora puesto porque el frío era fuerte. “No es tan frío, ya es marzo” me decía. “¿Eres nuevo?”. Sí, primera vez en Detroit, le decía. Y él se sonreía, casi como si fuera una develación. Como si hubiera tenido la oportunidad de abrirle las puertas a alguien por primera vez.

“¡No lo puedo creer!” y sonrió. “Pero si yo soy el embajador de Detroit, es a mí que me tenías que encontrar para conocer esta ciudad”. Yo lo miraba y me dije, ¿por qué ser amable con un extraño?

Me volvió a dar los cinco (y ¡clap!) “….Esta ciudad es… yo realmente la amo… a pesar de todo… no me quiero ir de aquí…”

“… y eso que he vivido en otros lugares, contaba. He vivido en DC, en Boston, incluso en Florida. ¿Tú de dónde vienes? ¿De Florida? ¡Wow! ¡Dame esos cinco de nuevo!…. es que esta ciudad tiene una elemento mágico de su industria que me hace no querer dejarla. Mira a tu derecha…  ¿cómo es que te llamas? Meco… Meco… tu acento…..¿de dónde eres? … ¿De Perú? ¡Nunca había conocido a alguien de Perú! ¡Dame esos ‘cinco!”

“…. Mira a tu derecha Meco, ¿ves que en toda la ruta del bus siempre hay trenes cruzándose entre nosotros? Es la fuerza de la industria. ¡Mira! Ese tren de carga va para Maryland… y el otro va para Boston…. Y esos trenes que ves… sí, esos… a más allá… esos van para California…  Esta ciudad tiene ese poder de hacerte sentir que la industria fluye desde aquí… Es uno de los corazones que hacen que este país pueda latir… pero no solo para la industria…..  Ahora Nueva York es muy caro para vivir, y muchos artistas y músicos jóvenes se están mudando aquí… Mira, ya llegamos al centro… mira estos edificios…. Dime si no son preciosos…. Ahh…. Esta ciudad es única….”

Al mismo tiempo que me hablaba, subían y bajaban varios mendigos al bus y él los conocía a todos. Con todos se abrazaban y se intercambian saludos. “Tienes suerte de conocer al embajador de Detroit”. Yo le pregunté cómo llegar a mi hotel, y el atinó a darme un mapa con la ruta del bus.

La ruta 125, mi bus, me dejaría en la parada de de St. Antoine y de ahí tendría que caminar un par de cuadras cerca del edificio de General Motors.

¿General Motors?  Muchas ideas me venían a la cabeza: cuando veía CNN siempre enfocaban aquel edificio y  me daba miedo. Pensaba en las historias de cómo la transnacional de carros había saboteado muchos proyectos de transporte público en el país… y todo para vender sus vehículos.  Y cuando veía el edificio por televisión pensaba también en el edificio del Gran Hermano; poderoso y tenebroso.

¿Cómo sería? El embajador me seguía dando pautas sobre cómo desenvolverme en la ciudad. Tenía todo un discurso preparado. Eso sí, cada cinco minutos nos dábamos los cinco y se saludaba con algún mendigo.

El embajador se bajó una estación antes de la mía y terminó preguntándome si tenía un dólar. Pensé en si tanta saliva valía un dólar, tal vez más. Pero se lo di, y me dio los cinco por última vez.

Me bajé en la estación de St. Antoine y caminé rumbo a mi hotel. Ya era de noche y tenía frente a mí el edificio de General Motors. Un monstruo con varias torres, lleno de ventanas de cristal y con luces de neón.

Sí, era como me lo imaginé: peligrosamente atractivo. Qué pena que ya no está en el embajador; hubiera querido su opinión sobre esto o al menos compartirle la mía. No quería ver las ‘opiniones’ de otros viajeros en mi Google Maps del celular. Seguí caminando… caminando en una ciudad decadente, pero feliz.

El día que volví al aeropuerto tuve que revisar el mapa de la ruta 125; mi celular me había mandado a la deriva: gracias embajador.

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Ángel Queer

Cuando evitaba prepararme la comida diaria iba a comer al Food court de la universidad, o sea, el patio de comidas.  Este lugar ofrecía muchas opciones, como comida mexicana, judía, japonesa, cubana, vegetariana y la lista seguiría. Pero yo me iba por la china por dos razones; el precio y la generosidad de la porción. Hacía mi cola y pedía le pedía un Panda Bowl a una señora que, por su acento en inglés, sabía que era igual de Latinoamérica que yo. Siempre habían dos opciones: ‘Rice or Nooddles?’ preguntaba. Rice¸decía siempre.

Una vez probé los nooddles pero eran horribles. Pensaba que iban a ser como los tallarines saltados que venden en los chifas en Perú. Comía mis arroz con una cosa llamada Orange Chicken que parecía una comida para mutantes. Era un pollo medio crocante con una salsa naranja fosforecente cuyo origen hasta ahora ignoro.

Luego de pedirle Rice and Orange Chicken me retiraba a la caja a pagar mis cinco dólares, que no eran baratos, pero en comparación del resto de lo que ofrecía el resto del Food Court de la Universidad de Miami, eso era una ganga. Con el tiempo me percataba que era siempre esa señora con acento latino la que me atendía y a la cual me provocaba hablarle en español. Pero que es que tampoco había mucho que conversar además de rice y chicken. Todo era ‘Hi, one Panda Bowl pleasechicken & rice, thanks’. Y ella misma me habla en inglés.

No me caracterizo por ser buen observador, pero como iba casi todos los días por mi Panda Bowl noté que en la etiqueta  el nombre de esta señora era ‘Ángel’. ¿Ángel?  ¿Pero ese no es nombre de hombre? En otra ocasión conocí a una chica llamada Christian, así que Ángel también podía funcionar. Pero seguí yendo a pedir mi Panda Bowl y, me di cuenta que Ángel no tenía busto, ni trasero.

Otro día me fije que tenía la manzana de Adán y justo ese día, mientras me atendía, conversó con otro trabajador y su voz me resultó impostada: un hombre intentado hablar como mujer.

Ver a una travestí no me sorprendía. Sino que uno siempre está acostumbrado al estereotipo de travestis jóvenes y esbeltos pero no a una persona que tendría pues, unos cincuenta años o más. Él/Ella se pintaba los ojos, tenía aretes, impostaba la voz, pero al mismo tiempo  se resignaba a hacer su trabajo de poner arroz y pollo en un tazón de plástico. No sonreía, no se molestaba. Simplemente decía: Rice or Nooddles?

Su travestismo no podía ser una escena pasiva en la vida diaria. ¿Cuál era el sentido de maquillarse y trabajarse tanto? No parecía feliz con su trabajo. Rice or Nooddles, arroz o tallarines. Un polo amarillo, un gorro naranja, un delantal y un pantalón negro era el uniforme diario de Panda Express.

Pero un día, tomando el tren de vuelta a mi casa, vi de lejos a Ángel, en el otro vagón. Ángel estaba sin su delantal. Su mirada cansada. Mi mirada en la gente del tren. Luego de cinco estaciones me bajé junto a él. Salí de la estación y comencé a caminar. Ángel iba detrás mío. Seguía caminando y Ángel seguía en mi ruta. El polo amarillo de Panda Express se aproximaba más a mi casa. Ángel caminaba lento y al llegar a mi destino noté que vivía en un edificio frente al mío.

Ángel, desde aquel edificio verde despintando y descuidado, se maquillaba todos los días con sombras y aretes; muy femenina, muy normal, muy dedicada. Así, cada mañana lista para servir muchos platos de comida rápida, lista también para no dejar de ser quien realmente era.

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Entender a Pedro Suárez-Vertiz

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Cuando mi amigo Lalo me daba rides al trabajo, en Miami, siempre estaba el CD con canciones como ‘La niña bella’ o ‘Alguién que bese como tú’. Lalo las escuchaba como una manera de retornar al Perú, a Lima, a su Lima. La melodía parecía crear un momentum en su carro que lo animaba a contar sobre su vida de joven y soltero. Con una mirada perdida pero asertiva comenzaba así: “el Perú, Ameriquito, es… ”, y a pesar de mis diecinueve años era todavía “Ameriquito” y creo que lo del diminutivo va porque según Lalo yo era (¿lo seré aún?) una persona muy noble que no estaba “preparado para esta ciudad voraz” (Miami), y entonces yo pensaba si eso fuera cierto, entonces, por consecuencia, tampoco lo estaría Lima (menos aún), la capital peruana.

Luego, de “el Perú, Ameriquito, es…” venían las historias idílicas de su colegio. Y luego de eso la vida se puso fregada y que las cosas cambiaron y hubo que venirse para aquí. Bueno, después de varias anécdotas terminábamos pensando que él se iba a un empleo que apenas aguantaba y yo también me iba a hacer algo que detestaba, pero bueno-bueno, que todo sea por progresar, por salir adelante en este país del norte, aunque realmente no es tan gringolandia porque estamos en Miami. “Arriba los latinos, viva el Perú carajo”.

Yo hacía subs (sándwiches)  por la mañana y lavaba platos por la tarde-noche. Él era vendedor. Pero todo eso no importaba cuando oíamos el rock de Pedro Suarez-Vertiz. Aquel autor, compatriota nuestro, ofrecía canciones con letras sobre lo cotidiano. Historias-letras sobre la chica linda que sonrió, sobre cómo las mariposas se relacionan con las piernas preciosas, del cómo pasear en bicicleta y, claro, sobre el imaginar el día en que íbamos a volver al Perú. De esas cosas trataba el repertorio vasto y multitemático de Pedrito.

El brillo en los ojos de Lalo cada vez que reproducía aquel CD rumbo al trabajo me hacían comprender cómo, verdaderamente, las canciones son capaces de capturar y recrear momentos tan vivos de las experiencias de sus oyentes. Sí, yo sé que ABBA lo había dicho antes con su canción ‘Thank you for the music’, pero es que Suecia resulta culturalmente muy distante  y Pedro me hablaba en peruano a mí también.

Pedrito no es muy complejo, yo lo sé: así dicen mis amigos letrados cuando lo invoco. Pero parafraseaba mi país en lenguaje claro; ahora representa momentos de mi vida a la distancia. Siempre que lo escucho recuerdo a mi amigo Lalo, quien ya no es vendedor, vive en otra ciudad y tiene empleo mejor pagado. Siempre que escucho a este cantante recuerdo que aprendí muchas cosas de la vida escuchándolo.

Las canciones de Pedrito terminaron entrando en mi corazón, y así lo parafraseo: con el tiempo me compré un carro pero creo que no es precisamente una rana; acabo de venir de Brasil (un verano entre Río y Sao Paulo) pero no me resfrié y a pesar que vivo en Miami todavía no he caído en la ‘degeneración actual’. Lo que sí, en algunas ocasiones de mi vida, ‘no pensé que era amor’ lo que tenía al frente y lo dejé ir, por tonto.

Extraño a mi amigo Lalo. Siempre tan bueno. Y a Pedrito, gracias, eres lo máximo.

Aquí el video de una canción que no se canta sino que se habla, pero que escuché (escucho) mucho.

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Las queremos interesantes

En Nueva York conocí a una estudiante de actuación estadounidense. Debo comenzar diciendo que si una chica me parece atractiva y luego descubro que es actriz (o bailarina de ballet o danza moderna) se convierte en “muy atractiva”.

Ella era la chica de la recepción del hotel donde me alojaba. Y cuando me dijo que era actriz, obviamente y valga la redundancia, me pareció más interesante. Luego me dijo que le interesaban las comunidades nativas peruanas y que por eso le vacilaba el chamanismo de la selva. Me habló de sus intereses en el ayahuasca y de que en un par de días de iba a Perú solita.

Eso ya me sonó a floro para viajar a Sudamérica y tener una ‘experiencia cósmica’. Pero no importa; sonaba muy chévere.

Luego en Washington, hablaba con Luis Fernando y estábamos de acuerdo que al igual que para las mujeres los bomberos pueden resultar muy atractivos, para nosotros los hombres, últimamente la atracción va por las activistas de Greenpeace o de ONG’s de derechos humanos o ambientales. Es que no basta la cara bonita, sino encontrar una pasión llamativa en ellas.

Concluiría que  entonces sería más interesante lo de actriz (o artista) con activista (o filántropa) y medio bohemia-intelectual.

Interesante y profunda reflexión para unos días de viaje por el norte.

(Foto tomada de: http://www.istockphoto.com/file_closeup/concepts-and-ideas/6845267-intellectual-girl.php?id=6845267 )

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