Ángel Queer

Cuando evitaba prepararme la comida diaria iba a comer al Food court de la universidad, o sea, el patio de comidas.  Este lugar ofrecía muchas opciones, como comida mexicana, judía, japonesa, cubana, vegetariana y la lista seguiría. Pero yo me iba por la china por dos razones; el precio y la generosidad de la porción. Hacía mi cola y pedía le pedía un Panda Bowl a una señora que, por su acento en inglés, sabía que era igual de Latinoamérica que yo. Siempre habían dos opciones: ‘Rice or Nooddles?’ preguntaba. Rice¸decía siempre.

Una vez probé los nooddles pero eran horribles. Pensaba que iban a ser como los tallarines saltados que venden en los chifas en Perú. Comía mis arroz con una cosa llamada Orange Chicken que parecía una comida para mutantes. Era un pollo medio crocante con una salsa naranja fosforecente cuyo origen hasta ahora ignoro.

Luego de pedirle Rice and Orange Chicken me retiraba a la caja a pagar mis cinco dólares, que no eran baratos, pero en comparación del resto de lo que ofrecía el resto del Food Court de la Universidad de Miami, eso era una ganga. Con el tiempo me percataba que era siempre esa señora con acento latino la que me atendía y a la cual me provocaba hablarle en español. Pero que es que tampoco había mucho que conversar además de rice y chicken. Todo era ‘Hi, one Panda Bowl pleasechicken & rice, thanks’. Y ella misma me habla en inglés.

No me caracterizo por ser buen observador, pero como iba casi todos los días por mi Panda Bowl noté que en la etiqueta  el nombre de esta señora era ‘Ángel’. ¿Ángel?  ¿Pero ese no es nombre de hombre? En otra ocasión conocí a una chica llamada Christian, así que Ángel también podía funcionar. Pero seguí yendo a pedir mi Panda Bowl y, me di cuenta que Ángel no tenía busto, ni trasero.

Otro día me fije que tenía la manzana de Adán y justo ese día, mientras me atendía, conversó con otro trabajador y su voz me resultó impostada: un hombre intentado hablar como mujer.

Ver a una travestí no me sorprendía. Sino que uno siempre está acostumbrado al estereotipo de travestis jóvenes y esbeltos pero no a una persona que tendría pues, unos cincuenta años o más. Él/Ella se pintaba los ojos, tenía aretes, impostaba la voz, pero al mismo tiempo  se resignaba a hacer su trabajo de poner arroz y pollo en un tazón de plástico. No sonreía, no se molestaba. Simplemente decía: Rice or Nooddles?

Su travestismo no podía ser una escena pasiva en la vida diaria. ¿Cuál era el sentido de maquillarse y trabajarse tanto? No parecía feliz con su trabajo. Rice or Nooddles, arroz o tallarines. Un polo amarillo, un gorro naranja, un delantal y un pantalón negro era el uniforme diario de Panda Express.

Pero un día, tomando el tren de vuelta a mi casa, vi de lejos a Ángel, en el otro vagón. Ángel estaba sin su delantal. Su mirada cansada. Mi mirada en la gente del tren. Luego de cinco estaciones me bajé junto a él. Salí de la estación y comencé a caminar. Ángel iba detrás mío. Seguía caminando y Ángel seguía en mi ruta. El polo amarillo de Panda Express se aproximaba más a mi casa. Ángel caminaba lento y al llegar a mi destino noté que vivía en un edificio frente al mío.

Ángel, desde aquel edificio verde despintando y descuidado, se maquillaba todos los días con sombras y aretes; muy femenina, muy normal, muy dedicada. Así, cada mañana lista para servir muchos platos de comida rápida, lista también para no dejar de ser quien realmente era.

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