El embajador de Detroit

Desde Miami tomé un avión a Michigan. Llevaba en mis manos un abrigo grande que en Florida no hacía más que generarme peso pero que, claro, sería útil para el viaje. No soy ordenado y no suelo planificar mi viaje al milímetro. Más bien, confío un tanto-bastante en mi celular para estos trajines. Empezaré por admitir que me olvidé de imprimir mi boleto de avión, mi aerolínea me dejaba escanear mi celular a la hora embarcarme y con eso obviaba el boleto. Igualmente, desde el teléfono vi en Google Maps que podía tomar un bus hacia el centro de la ciudad, Detroit: a una hora exacta, la línea exacta. Todo exacto, pero claro, no por mí, sino por el sistema celular.

Una vez en Detroit ocurrió que tanta exactitud me llevó a perderme y tomar un bus equivocado. Luego hallé el correcto. Bueno, es que mal tampoco iba; seguía mirando el mapita de Google en el teléfono y al menos veía que era la dirección correcta a la ciudad.

El camino del aeropuerto a la ciudad es muy desolador: casas abandonadas, algunas inclusive quemadas. Si alguna vez pensé que las pistas de Estados Unidos eran superiores a las de Latinoamérica, pues en Detroit tuve que tragarme esas palabras.

“Es por la crisis”, me decía un mendigo en el bus. “Todo esto se fregó con la crisis y lo puedes ver en nuestro ánimo”. El bus seguía avanzando y encontraba más y más pintas, basura por las calles y un clima desolado. Pero a pesar de eso, algo de todo esto me resultaba un tanto familiar.

Detroit es una ciudad decadente, pensaba. Y en cierto modo, me gusta lo decadente. Me gusta imaginar que de las alcantarillas salga humo, me gusta que no todo sea ‘colorido’, y que en medio de la oscuridad pueda existir vida. Todavía no llegaba a la ciudad, y ya atardecía.

El mendigo era un afroamericano con una cinta roja en la cabeza y una casaca de cuero marrón. Pobre, pero no por ello sin actitud. Ah, sí, tenía unos lentes verdes también, es que era la víspera del día de San Patricio, y por estos lares todos se ponen verdes para beber. No recuerdo su nombre, me lo dijo. Me miró y me invitó a que le dé los cinco. Así que ante tanta amabilidad en medio de un clima sombrío no era posible no devolverle el saludo.

Yo estaba con mi abrigo, ahora puesto porque el frío era fuerte. “No es tan frío, ya es marzo” me decía. “¿Eres nuevo?”. Sí, primera vez en Detroit, le decía. Y él se sonreía, casi como si fuera una develación. Como si hubiera tenido la oportunidad de abrirle las puertas a alguien por primera vez.

“¡No lo puedo creer!” y sonrió. “Pero si yo soy el embajador de Detroit, es a mí que me tenías que encontrar para conocer esta ciudad”. Yo lo miraba y me dije, ¿por qué ser amable con un extraño?

Me volvió a dar los cinco (y ¡clap!) “….Esta ciudad es… yo realmente la amo… a pesar de todo… no me quiero ir de aquí…”

“… y eso que he vivido en otros lugares, contaba. He vivido en DC, en Boston, incluso en Florida. ¿Tú de dónde vienes? ¿De Florida? ¡Wow! ¡Dame esos cinco de nuevo!…. es que esta ciudad tiene una elemento mágico de su industria que me hace no querer dejarla. Mira a tu derecha…  ¿cómo es que te llamas? Meco… Meco… tu acento…..¿de dónde eres? … ¿De Perú? ¡Nunca había conocido a alguien de Perú! ¡Dame esos ‘cinco!”

“…. Mira a tu derecha Meco, ¿ves que en toda la ruta del bus siempre hay trenes cruzándose entre nosotros? Es la fuerza de la industria. ¡Mira! Ese tren de carga va para Maryland… y el otro va para Boston…. Y esos trenes que ves… sí, esos… a más allá… esos van para California…  Esta ciudad tiene ese poder de hacerte sentir que la industria fluye desde aquí… Es uno de los corazones que hacen que este país pueda latir… pero no solo para la industria…..  Ahora Nueva York es muy caro para vivir, y muchos artistas y músicos jóvenes se están mudando aquí… Mira, ya llegamos al centro… mira estos edificios…. Dime si no son preciosos…. Ahh…. Esta ciudad es única….”

Al mismo tiempo que me hablaba, subían y bajaban varios mendigos al bus y él los conocía a todos. Con todos se abrazaban y se intercambian saludos. “Tienes suerte de conocer al embajador de Detroit”. Yo le pregunté cómo llegar a mi hotel, y el atinó a darme un mapa con la ruta del bus.

La ruta 125, mi bus, me dejaría en la parada de de St. Antoine y de ahí tendría que caminar un par de cuadras cerca del edificio de General Motors.

¿General Motors?  Muchas ideas me venían a la cabeza: cuando veía CNN siempre enfocaban aquel edificio y  me daba miedo. Pensaba en las historias de cómo la transnacional de carros había saboteado muchos proyectos de transporte público en el país… y todo para vender sus vehículos.  Y cuando veía el edificio por televisión pensaba también en el edificio del Gran Hermano; poderoso y tenebroso.

¿Cómo sería? El embajador me seguía dando pautas sobre cómo desenvolverme en la ciudad. Tenía todo un discurso preparado. Eso sí, cada cinco minutos nos dábamos los cinco y se saludaba con algún mendigo.

El embajador se bajó una estación antes de la mía y terminó preguntándome si tenía un dólar. Pensé en si tanta saliva valía un dólar, tal vez más. Pero se lo di, y me dio los cinco por última vez.

Me bajé en la estación de St. Antoine y caminé rumbo a mi hotel. Ya era de noche y tenía frente a mí el edificio de General Motors. Un monstruo con varias torres, lleno de ventanas de cristal y con luces de neón.

Sí, era como me lo imaginé: peligrosamente atractivo. Qué pena que ya no está en el embajador; hubiera querido su opinión sobre esto o al menos compartirle la mía. No quería ver las ‘opiniones’ de otros viajeros en mi Google Maps del celular. Seguí caminando… caminando en una ciudad decadente, pero feliz.

El día que volví al aeropuerto tuve que revisar el mapa de la ruta 125; mi celular me había mandado a la deriva: gracias embajador.

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