Serás un genio, Meco

parque

A los quince años Isabela y yo tomábamos un té calientito en la cocina de su casa. Ella, flaquita, con mirada hundida me hablaba. Aún con la alegría de la adolescencia, le intentaba contar de mis sueños literarios.

  • Meco, Meco. ¿Pero por qué no? Si quieres estudiar literatura, hazlo.

Nos reíamos y caminábamos por el parque.
Nos reíamos y tomábamos tácito.
Nos reíamos y me permitía acomodarle el cerquillo de su cabello. Hasta ahí no más.

Pero si había algo que le desesperaba a Isabela era mi falta de conciencia para cruzar las calles.

  • Meco, mira. Nunca miras, y es peligroso. En las veredas te tropiezas solito.

 

Con una sonrisa, el ambiente se calmaba.

  • A ver. Dicen que los genios son medios tontos.
  • ¿Qué cosa, Isa?
  • Sí, sí. O sea, que los genios son genios en sus cosas, pero en otras son torpes.
  • ¿Entonces?
  • Serás un genio, Meco.
  • ¿Seré?
  • O tal vez ya lo eres, pero no lo sabemos. Por ahora hay que asegurarnos que sobrevivas de tus tropiezos.

Me sonrío, y se fue corriendo hasta de una de las bancas del parque.

A la vuelta, genio o no, igual no dejábamos de agarrarnos del brazo al cruzar las calles.

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